Nota autobiográfica (GTB, 1986)
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En mi obra no es fácil hallar referencias inmediatas al transcurso de los hechos «actuales», quizá con la excepción de Off-side. Esto no quiere decir que no haya sido sensible a ellos y que no hayan repercutido en mi conciencia. A mi modo, Ifigenia y La princesa durmiente va a la escuela son mis respuestas a la situación posterior a la segunda guerra mundial. De ahí su pesimismo. Cierta vez me preguntó el profesor Colin Smith por qué había dado a La durmiente un final trágico: creo haberle respondido que, por entonces, yo no tenía esperanza. De modo que, de esa manera indirecta, «nuestro tiempo» está también en mi obra, en toda ella. Y también el pasado, aunque en parte. ¡No iba a abarcar el conjunto incalculable de los siglos!
Conviene recordar aquí que, por fas o por nefas, mis obras no habían logrado la mínima consideración pública y crítica aconsejable a quien pretenda seguir escribiendo. Por eso fue tan escasa mi producción entre 1950 y 1957. Me dediqué, no sin dificultades, a la historia y a la crítica literarias. Un incidente que contaré algún día, me aconsejó, casi me obligó, a volver a la narrativa. Escribí y publiqué El señor llega. Su éxito no fue de los que asombran; entre diciembre de 1957, fecha de su aparición, y el mismo mes de 1959, en que recibió el Premio de la Fundación Juan March, se habían vendido ochocientos ejemplares, fracaso solo comparable al de Don Juan, del que se vendió una cantidad algo menor en nueve años. Había motivos suficientes para arrojar la esponja, y la hubiera arrojado si el mentado premio no me comprometiera ante mí mismo y ante el editor a concluir la trilogía de Los gozos y las sombras.
Esta novela en tres partes fue mi primer ensayo de literatura realista en el sentido tradicional. Suelen atribuirme, a su respecto, filiaciones equivocadas. Muchas veces dije que, al escribirla, ponía en práctica las teorías de Ortega y Gasset acerca del arte de novelar. Se habló de Galdós, se habló incluso de Clarín. Por este último siento una gran admiración, pero no es lícito contarlo entre mis modelos. Mi aprendizaje de la novela realista transcurrió por otros caminos. A nadie se le ocurrió, por ejemplo, pensar en Henry James, si bien otros, con más perspicacia, han apuntado a los novelistas centroeuropeos. Esto no obstante, por aquellos años tenía muy clara mi idea de «modelo», que nunca busqué en otro escritor o en un tema abstracto, sino que pensaba (y sigo pensando) que son los materiales mismos los que condicionan la forma, y que a cada obra corresponde un modelo ideal que al escritor compete adivinar y realizar en la medida de lo posible: con este «modelo» singular es con lo que hay que comparar la obra para discernir su mayor o menor acierto.
Hoy no están de moda los juicios literarios, «la crítica». La gente se interesa más por otra clase de análisis, pero algún día comprenderán el error. Pues con las obras de arte acontece más o menos como con las mujeres: cuando se inventa un modelo, un sex-symbol, la calle se llena de Gretas Garbo o de Marylines. Y se cae en el disparate de compararlas a todas con esos arquetipos. Pero cuando decimos que algunas es fea, en realidad no la comparamos con nadie, sino con ella misma, con lo que pudo ser sin dejar de ser la que es. Cada persona lleva consigo la imagen de su propia perfección: a las novelas les sucede lo mismo.
