Nota autobiográfica (GTB, 1986)
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Este excurso me apartó de mi tema. Sucedió que Los gozos y las sombras me dejaron fatigado de realismo, y presté atención, hasta llegar a escribirlo, a otro asunto que me traía preocupado desde algunos años atrás, el de «Don Juan». Me hallé en él a mis anchas, y más en mi terreno; comprendí que al no excluir la fantasía, las posibilidades del despliegue imaginativo eran mayores. Cuando me puse a escribir Don Juan, las dificultades de su concepción las había superado, pero no las técnicas, que eran muchas. Por aquellos años se hablaba de la técnica, se intentaba convertirla en un valor sustantivo y, lo que es peor, visible. Mi criterio fue entonces, y sigue siéndolo, justamente el opuesto. Don Juan me fue saliendo. Su manuscrito me lo admitió, sin discusión, José Vergés: iniciamos con él nuestra colaboración. Ya dije antes que su venta no fue afortunada. Tampoco tuvo suerte crítica. Yo no me explicaba por qué determinadas personas, de cuyo criterio esperaba una comprensión mayor, permanecieron indiferentes. Este fracaso me afectó con más fuerza que los anteriores: me desanimó, me hizo desistir definitivamente de la literatura. Y así habría sido si mi huida a Norteamérica no me hubiera ayudado a recobrarme. Volvía al realismo, a «otro realismo» con Off-side, un nuevo fracaso, que, como me cogió lejos, no llegó a afectarme tanto. Y comenzó el proceso de La saga/fuga de J. B., que consistió, ante todo, en una vuelta a mi primer camino, más experimentado y más informado ya que en 1937. Un crítico dijo que esta novela fue el resultado de un curso sobre Cervantes y de una frecuentación de Bach. Es cierto, pero creo que es algo más que eso. Ante todo, un esfuerzo intelectual e imaginativo prolongado, y en ocasiones doloroso, del que salí seguro de mí mismo y dispuesto a medirme con quien fuera. Lecturas parciales, conversaciones aledañas, ayudaron a esa seguridad. Nunca creí que llegase a ser una obra popular (su naturaleza, sus dificultades intrínsecas, lo impiden), pero sí que no caería en el vacío como las anteriores. Mi propósito inicial no era contar una historia, sino inventar un mundo que se bastase a sí mismo, que es, según creo, lo que debe ser una novela (no existe un concepto único de «mundo»). Supone, técnicamente, el abandono del procedimiento «presentativo» por el «narrativo» (véase Ortega), la búsqueda y el hallazgo de una técnica que me permitiese conjugar materiales tan abundantes y tan distintos (me refiero al procedimiento constructivo), y, al mismo tiempo, introducir en el relato, de manera indirecta —es decir, metafórica y alusiva—, determinadas preocupaciones de orden intelectual, ante todo la de dar un «sentido», además de una coherencia, a la totalidad de los materiales y a sus significaciones. Un sentido no sólo «interior» a la obra misma, sino de tal manera inserto en ella que, por él y gracias a él mi epopeya (yo la consideraba así: por eso la titulé saga), se relacionaba con el mundo del que había salido y al que pertenecía: el mío y el de todos.
Después vinieron Fragmentos de Apocalipsis y La Isla de los Jacintos Cortados. Durante su concepción y redacción se repitieron circunstancias ya descritas. Son nuevas visiones de mis temas de siempre: el amor, el poder, el mito, con alguna novedad, como mi fe en el poder de la palabra como fundamento, como sustentación de realidades imaginarias, fuesen o no fantásticas; de donde deduje la inutilidad del «realismo», puesto que, cualquiera que sea la dependencia de lo narrado con la realidad, (la imaginación sólo opera sobre experiencias vivas) y su mayor o menor proximidad, lo narrado o descrito sólo subsiste por la palabra, y, cualquiera que sea su naturaleza, pertenece a la realidad de lo poético. Ése es el sentido de Fragmentos de Apocalipsis.
