Nota autobiográfica (GTB, 1986)
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Con Dafne y ensueños intenté reconstruir mi infancia y parte de mi adolescencia en dos de sus varias dimensiones: las realidades y los ensueños. Lo hice de tal manera que pudiera servir al mismo tiempo de clave de mi obra literaria, que en aquel momento consideré completa. No estaba completo yo, ni lo estoy, al parecer, todavía. Escribí y di a la estampa novelas cuyos materiales, más o menos pensados ya, o acaso iniciada su redacción, habían quedado marginados. Quizá nos lleve el viento al infinito fue la primera de ellas.
Tampoco sus temas eran nuevos ni sus fuentes. Por una parte, el «autómata» lo había usado como personaje dos veces, que recuerde: en El casamiento engañoso (1939) y en Fragmentos de Apocalipsis. Aquí, en Quizá nos lleve el viento…, se utilizaba en su versión más moderna del robot, pero un tipo de robots que sólo han soñado los escritores, bastante vinculados los míos a Galatea, la de la estatua (mito de Pigmalión) y a las metamorfosis de Zeus. Poca gente lo vio así, y es una lástima. Se interpretó esta novela como de ciencia-ficción: ficción, sí; ciencia, poca. Es de las más poéticas de las mías, y respondió a mi antigua y nada original inquietur por la humanización de los autómatas. Me salió menos humorística que otras, aunque no del todo alejada de la ironía. Se observa en ella la preocupación por la historia que reaparece en La rosa de los vientos, ésta con más humor y al menos tanto lirismo: diversión de un profesor que, en algunos aspectos, se asemeja a ciertos momentos de La Isla de los Jacintos Cortados. Insiste, última vez hasta ahora, en el hombre poderoso, aunque como caricatura de uno o de varios personajes reales, tenidos todos en cuenta; pero, al revés de mi tratamiento del tema en Fragmentos… y en La Isla…, donde se indaga sobre lo que como ser (aparte lo psicológico, lo moral y lo social) es el tirano, aquí en La rosa…, permanecí voluntariamente en lo anecdótico, en lo pintoresco y en lo fantástico. Cosa bastante rara en mis novelas, ésta, enteramente caprichosa, está montada sobre una documentación seria y conocida, aunque no fácil de averiguar por el lector ni, a lo que parece, por los críticos al uso. Hay frases en el libro tomadas de las Memorias de Bismarck, y acontecimientos contados por los hermanos Goncourt, entre otros; a pesar de lo cual no me atrevo a clasificarla como novela histórica.
Escribí algunas narraciones cortas. Hay quien prefiere Farruquiño (1954). Yo me quedo con El cuento de Sirena. Figuran en Las sombras recobradas (1979). Otras, más breves, andan perdidas por revistas antiguas, por páginas literarias de periódicos, yo que sé por dónde más. No he perdido la esperanza de recopilarlas. No es que su valor sea extraordinario, pero servirán al menos de testimonio que aportar al hecho de que, cuando por estas tierras parecía averiada la aguja de marear, algunos escritores sabían lo que querían y el modo de expresarlo. Los otros eran Cunqueiro y Cela; poco después, Delibes.
Gonzalo Torrente Ballester, «Nota autobiográfica», en Anthropos, nº 66-67 (1986), pp. 19-21
