Currículum en cierto modo (GTB, 1981)

3

Portada de Autobiografía de Gonzalo Torrente Ballester (1981)

Azar, destino, ¿qué sabe uno? La puerta pudo haber permanecido cerrada indefinidamente, podía estarlo aún, y no abrirse jamás. Hubiera, en ese caso, crecido dentro de mí una especie de doble encargado de fantasear de lo lindo aprovechando los ratos libres, imposibilitado, sin embargo, de aplicar la imaginación al oficio que ejercido, donde la imaginación cabe, ¿quién lo duda?, pero está prohibida: porque en este país, el despliegue efectivo de la imaginación se les prohíbe, o, al menos, se les reprocha, a los que de ella viven y se alimentan. «¡Que inventen ellos!» no se justifica ni aun por su contenido poético. Quien la profirió no tenía -lo siento- el alma de nardo.

El caso fue, sin embargo, que aquel compañero de colegio, once años más o menos, me apostó una peseta a que yo no era capaz de escribir una novela del Oeste (el Far-West, se entiende, con indios por el medio). Gané la apuesta y recibí la segunda cornada del destino, aquella no cerrada todavía, me cogió ante la extrañeza de los que me rodearon, de los que lo supieron, de todos los bien pensantes y bienhacientes. «Este tiene que ser un chico raro.» Y no digo que tomasen precauciones, pero sí que me miraban de cierta manera. Y, a veces, me preguntaban: «Y, dime, ¿de dónde copias eso que escribes?»

¡Hombre, copiar, no! Plagiar, sí, por supuesto: pero hay un matiz… Que yo sepa, todo el mundo empezó plagiando. Si se hace con palabras distintas, viene a ser un ejercicio bastante útil. No conviene, sin embargo, quedar en eso.

En cada una de las infinitas narraciones, y algún que otro drama, escritos entre 1921 y 1926, había siempre una mujer. A veces, dramáticamente, dos. Y esto hay que explicarlo.