Currículum en cierto modo (GTB, 1981)

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Portada de Autobiografía de Gonzalo Torrente Ballester (1981)

Del Bachillerato saqué la conclusión de que el cosmos, la tierra, los hombres y cuanto uno encuentra o sueña eran de un modo indeterminado o variable. Cincuenta y tantos años después, la conclusión más precavida consiste en creer que cada treinta o cuarenta años cambia el modo de entender al cosmos, a la tierra y a los hombres, así como también a todo lo que uno encuentra o sueña; o sea, que no conviene convencerse jamás de que nada, real o soñado, tenga en propiedad exclusiva un modo de ser estable, salvo si la pereza mental le lleva a uno a aferrarse a una idea y defenderla con las uñas y los dientes, o sea, al dogmatismo. Allá él.

De la Universidad saqué otra conclusión, menos definitiva, más fluctuante: la vida de los hombres es un maremagnum sin pies ni cabeza que algunos se empeñan en entender como sometido a leyes (con lo cual ya no sería lo que es) y como desarrollando un argumento preciso, aunque distinto, según cada autor. Las metafísicas, las éticas y las estéticas influyen mucho en las novelas que, con el nombre de filosofía de la historia, se inventan al respecto. La historia, ¿tiene sentido?, ¿no lo tiene? He ahí la cuestión, que dijo el otro. En las Universidades enseñan que sí. Pero yo, que fui en tiempos dramaturgo, sé en qué consiste esa operación admirable de coger un pedazo de vida y transformarla en acción en tres actos, de acuerdo, más o menos, con Boileau. Los hombres necesitamos entender, y únicamente las formas nos lo permiten: toda interpretación de la historia es una forma. Pues tranquilos, claro. Pero que vengan las formas.

No tuve maestros. Varias veces se me acusó de autodidacto. De haber tenido dinero, me contaría entre los discípulos directos de don José Ortega y Gasset, el hombre que, a distancia, más me enseñó en esta vida; y lo hubiera sido sin miedo a la secuacidad, sin miedo a la imitación, porque siempre le creí hombre que sabía, no sólo respetar la originalidad ajena, sino suscitarla. Además, yo no hubiera sido jamás ni historiador ni filósofo, pero nadie habría podido decir de mí, como dijo uno de nuestros sabios, que no soy culto, sino que poseo una suma de saberes. ¡Pues mira qué bien! El disciplinaje directo inmuniza de ciertos adjetivos. Yo me creo culto, pero no por lo que aprendí en la Universidad, sino a causa de lo escuchado en mis años infantiles en aquel rincón gallego. Allí se configuró mi imago mundi: una cultura mágica siempre en colisión con los saberes racionalistas aprendidos después y hacia la cual, ¿por qué negarlo?, siento cierta inclinación. Pero hay modos de ser conflictivos que no encajan en las clasificaciones de la escuela, y ya sabemos que eso, clasificar, es la primera operación intelectual de cierta envergadura.

Quedamos, pues, en que mi paso por el Instituto y la Universidad no me dio una cultura, sino una suma de saberes, un trivium y un cuadrivium, además mal aprendidos y peor digeridos. Lo que más me rebaja ante ciertos ojos perspicacísimos es que no sé alemán. Intento compensarlo escribiendo novelas de la mejor clase posible.

Como mi formación intelectual fue tan deficiente, una vez habida conciencia de ello, me dediqué a perfeccionarla en lo posible. No en todas las direcciones, esto es obvio, pero sí en dos o tres. Así, si bien es cierto que sé poco de literatura, creo que soy uno de los escasos españoles que entienden de eso. Y ahí queda la afirmación, sostenida por unos cuantos libros en los que se demuestra. También entiendo un poco de los hombres y de las mujeres, más de éstas que de aquéllos, y no por nada, sino porque me interesan más como objeto de conocimiento y, por supuesto, de amor.

Todo lo que yo sé de amor, lo he sacado de la vida, lo he escuchado de un corazón unísono.