Currículum en cierto modo (GTB, 1981)
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Esta última impertinencia me lleva otra vez a aquello que se inició con Lina y una rosa silvestre y que, gracias a Dios, no se acabó todavía. El verso de Machado no me sirve («Amé cuanto ellas suelen…»), ni tampoco los versos de algunos otros poetas. Es asombroso comprobar la escasez de los saberes de algunos de esos profesionales del amor que son los poetas líricos. Ni don Juan ni Onán tienen una cabal idea: de lo que ellos tratan es de otra cuestión. Machado supo de amor una vez en la vida, un solo instante, y después lo olvidó: fue al escribir: «Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.» Lo que hace la mayor parte de los poetas es una operación verbal que opera sobre un hecho trivial. Si tiene talento, sacan unos versos excepcionales. Hoy sabemos que, detrás del soneto ése, maravilloso, de las cenizas y del sentido, no hubo un sentimiento real, sino sólo unas fuentes literarias y un gran talento. Y, sin embargo…
Yo viví siempre enamorado y, a partir de cierta hora, empecé a desear, pero el deseo y el amor seguían caminos diferentes. El amor se llamó Elia, que era una criatura escuchimizada, de grandes ojos incrédulos y asustados. Una vez me envió una fotografía, y vi que se había transformado en mujer estupenda, objeto ya, no sólo del amor antiguo, sino también del deseo nuevo. Ahí empezó el drama, que no me sentí dispuesto a soportar, y toda vez que Elia se mantenía inaccesible a lo que podía hacer con ella un muchacho sin oficio ni beneficio, busqué en otra persona el objeto del amor y del deseo conjuntos. Me casé el 11 de mayo de 1932. Desde entonces el amor y el deseo no volvieron a separarse, sino sólo por razones circunstanciales y remediables, pero sin montar una metafísica sobre la escisión. Me parece haber sacado de la vida, más de medio siglo de amar, una experiencia bastante honda y bastante rica del menester. No es fácil formularla en palabras: más bien se puede oler, como un recuerdo de nardos, en algunas imágenes y narrativas de mi invención. Me encuentro ahora en un momento en que el recuerdo me trae, confundidas, a las mujeres que amé y a las que llevo inventado que en ciertos casos son trasunto de las otras. ¡Qué bonito haría empezar aquí la lista de don Juan, o aunque sólo fuera la de don Luis, más modesta! Pero no serviría de nada: a las mujeres que amé las nombro, incluso en mi corazón, con nombres literarios: Ariadna, Dafne, Silvia… Y eso no aclara episodios biográficos, que es lo que gusta a los cotillas, pero que a mí me gusta mantener en secreto. Dos veces me casé. Tengo once hijos.
